
Porque no tenemos nada que hablar después de un beso, o dos. Tal vez porque no tuvieron motivo, o quien sabe, no te diste cuenta de la diferencia entre mis labios y la distancia. Porque no esperabas nada. Y porque mi boca mojada se sintió tan ridícula de quererte, de morderte, de asfixiarte en una bocanada. De querer tenerte, a ti, o a ese tu de aquellos días. O peor aun, tal vez nos besamos de aburridos, o peor peor, porque me adivinaste necesitada, y en un acto de mera caridad, sacrificaste tu saliva. Y porque ningún porqué va a sanarme la herida del silencio, de las no respuestas ni preguntas ni llantos ni gritos ni peleas.
Nunca dejamos platos quebrados, sangre en la alfombra, un grito tortuoso entre la multitud, el dolor de la puñalada, un escándalo apasionado, una carta desconsolada, yo corriendo desangrada y tu desesperado a mi encuentro. Nunca explotó la bomba de nuestros alientos, las palabras descalificadoras, algún no te amo, algún falso nunca más.
Solo el silencio fome, filoso, enfermo. El silencio y esos besos sin sentido, de cuando hicimos una pausa y juntamos las dos puntas de la hoja que nos une.
No quiero que mis nicks reflejen el vacío de no tenerte, no quiero que las ventanas que anuncien mi conexión, nos conecten, porque ambos somos un cable roto, una manija vencida, un mal intento de placer, un pasado inmediato. Acaso un par de artículos indefinidos, que no necesitan explicaciones para despedirse sin palabras.