domingo, 15 de noviembre de 2009

Emilia.





Dejamos las calles vacías,
las tardes de colores sin besos.
Decidimos abandonar a Emilia
con su vestido corto de niña asustada.
Nos queda apenas refugiarnos en canciones
que nos traigan
rasguños en la espalda
miradas al borde
de caerse
desplomadas en la cama deshecha.
Dejamos las esquinas,
los rincones del mundo esperándonos.
A Emilia llorando,
oxidándose, resignada.
Muriendo antes de nacer.
Emilia
y las fotos
y las camisas de cigarros
son sepultadas en un baúl,
como las otras.
Por más que la enterremos,
tal vez viva, tal vez muerta
gemirá desconsolada los recuerdos,
aullará auxilio.
Por eso acordamos hacernos los sordos
y alejarnos a un lugar
donde las tardes se desgarren de abandono
y vengan otras lenguas insípidas
y otros niños sin ojos y sin bocas
a intentar llenar el dolor
de las calles mutiladas
de su muerte.
Quedará su cara con mis ojos,
con tu boca, con lunares dulces esparcidos,
ahogados, opacos, agusanados
de la sentencia de darla por zanjada.
Nos queda rogar
porque todo lo muerto
descanse en paz
y no nos persiga
el castigo de su fantasma.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La Cobarde.


Primero el viento que entume la cara
los autos pasan como imágenes quebradas
partículas de metal frío
se dirigen a alguna parte
vectores indiferentes
colores brillantes violan al gris
y desaparecen impunes
Verde, como zombies
La gente pasa sin mirar
Se enfrentan penas cara a cara
se cortan la piel
van con la frente obstinada hacia un punto olvidado
se tocan las manos heridas
y no se reconocen
amarillo, todos amarillos
Frenan en fila
en posición de fusilamiento
Al otro lado la señal
rojo, no pasar
y la velocidad de la vida hace burla
y el ruido del mundo no importa
rojo, no vivir
y la posibilidad evidente y
más roja de la muerte
la calle es también una puerta abierta
Basta un segundo
Después las facciones estancadas
en un gesto extraño
la culpa de pensarlo
la posibilidad de aquel impulso
la evidencia del miedo
en cada esquina
me proyecto acostada
teñida de púrpura
en un off profundo
me miras rogándome que no me tire,
porque eso no se hace y ya
me pierdes
y camino
buscando otros ojos
algunas caricias sedantes
excusas
pero la urbe se abre
obligando a la muerte
girando en las ruedas,
llamando g r i t a n d o
obsesiva.