domingo, 15 de noviembre de 2009

Emilia.





Dejamos las calles vacías,
las tardes de colores sin besos.
Decidimos abandonar a Emilia
con su vestido corto de niña asustada.
Nos queda apenas refugiarnos en canciones
que nos traigan
rasguños en la espalda
miradas al borde
de caerse
desplomadas en la cama deshecha.
Dejamos las esquinas,
los rincones del mundo esperándonos.
A Emilia llorando,
oxidándose, resignada.
Muriendo antes de nacer.
Emilia
y las fotos
y las camisas de cigarros
son sepultadas en un baúl,
como las otras.
Por más que la enterremos,
tal vez viva, tal vez muerta
gemirá desconsolada los recuerdos,
aullará auxilio.
Por eso acordamos hacernos los sordos
y alejarnos a un lugar
donde las tardes se desgarren de abandono
y vengan otras lenguas insípidas
y otros niños sin ojos y sin bocas
a intentar llenar el dolor
de las calles mutiladas
de su muerte.
Quedará su cara con mis ojos,
con tu boca, con lunares dulces esparcidos,
ahogados, opacos, agusanados
de la sentencia de darla por zanjada.
Nos queda rogar
porque todo lo muerto
descanse en paz
y no nos persiga
el castigo de su fantasma.

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