viernes, 10 de octubre de 2008

Cagüines nomás.



“¿Qué le habrán hecho mis manos?
¿Qué le habrán hecho?.”-
Homero Expósito

La decepción lleva al desvarío, dijiste. Y te acercaste a él rápido, lo atravesaste con tus ojos y desapareciste. Después salió en el diario que te habías matado. Un suicidio masoquista, decía. Que te habías quemado viva, y antes, te habías sacado uña por uña.

El nunca más habló. Hizo sus propias investigaciones, dicen. Averiguó con los tujas del puerto si alguien tenía sangre en el ojo contigo. Pero nadie, si tu apenas existías, y si lo hacías era en el mar, confundiéndote con las olas, te decían la sirenita del cerro Barón. La policía sospechaba de él, dicen. Por eso estaba tan callado, se hacía el mudo, para que no le preguntaran. Pero es hijo de paco, no le habrían hecho nada. Eso si, las mentiras tienen patas cortas, y se supo la verdad hace tiempo ya.

Bajaron ese día como a las doce, habían estado toda la tarde abrazados, abatidos, viendo como la relación se reventaba, se confundía y se perdía igual que la lluvia contra las masas de agua salada, sujetando las lágrimas del mundo. Hacia frío. Y ellos se disipaban de a poco, con la vista fija al vidrio empapado. Y la soledad con el invierno, parecían conjugar un tiempo infernal. Tenían la radio prendida, estaban solos en ese piso, suspirando desesperanzas, esparcidos en el sillón, interrumpidos a segundos, por el eco perturbador del reloj. Solos y juntos, ya no querían hacer nada. Ella no lo iba a permitir de nuevo. Mientras las ondas dispersas atravesaban el tiempo, se asomó esa canción del aparato como una mermelada, la oportunidad para aliviar.

-Era más blanda que el agua,
que el agua blanda-
Pero él no la escuchó. Ella lo miró con una expresión tibia,- era más fresca que el río…- de vuelta a la inocencia que él no percibió: no estaba con ella, no estaba ahí, ni en ninguna parte. Entonces como una niña, se levantó a pasitos sonrientes, puso la música al máximo.- Y en esa calle de estío,
calle perdida…-
En seco, él la increpó: estaba el bebé durmiendo.

-¿¡Como puedes ser tan inconciente!?- Y su voz salió más tosca de lo que él hubiera deseado.

Ella se fue; salió corriendo. El la siguió, no entendía nada. Y la sostuvo firme del brazo, la resistió y le pegó. Le rompió el labio de un manotazo, que intentó disimular luego, a parches de besos cojos. Ella se quedó inmóvil, en otro lugar, vacía. Recordando, algo. Atenta al sexto sentido de alarma. Siempre llevaba al bebé a todas partes. Y lo había dejado cerca de la cocina, con la tetera hirviendo. Ella gritó, quería salir corriendo, volar hasta su hijo. Pero él la contuvo. Intentó zafarse de sus brazos que no entendían la urgencia, que la retenían, la ahogaban.

Y mientras tanto, me quemaba la cara con el vapor hirviendo. Llegaron tarde. Dicen que yo me parecía a mi madre, pero en el hospital, entre puntos, cremas y agua helada congelaron mis gestos y juntaron toda mi expresión en un mazacote.

Ella desapareció al verme, de tanto dolor. Pensó que me iba a morir. Y sacó el pasaje por adelantado. Él no se acuerda de ella. Eso me ha dicho las pocas veces que habla. Ni de su cara tampoco, por que yo no puedo recordársela. Me dice que así es mejor. Que sin recordatorios se olvida de frentón. Me lo dijo eso si, curado en el bar más antiguo de aquí, con un tango lánguido de fondo. Naranjo de flor, creo que dijo, es que yo también estaba pasaíto, y casi se me caía el pañuelo que me tapa la cara. Nos fuimos tarde, casi en la madrugada.

Por las noches él tiene pesadillas y lloriquea en la pared de al lado. Parece que él nunca quiso retenerla, ni decepcionarla.

Pero te fuiste, y se debe aprender a enmendar la vida a facciones toscas, como las mías.

De eso me cuentan los vecinos, es que acá en Valparaíso siempre se sabe todo todo, dicen que la brisa marina sopla los cagüines.

No hay comentarios:

Publicar un comentario