sábado, 18 de octubre de 2008

¿Qué se cree?


Ella me paga quince mil pesos. No nos mirábamos de hace seis meses y hoy se aparece en mi oficina y deja un sobre delgadito sobre el escritorio. Con poca plata. Es verdad, eso es lo que más me molesta. No entiendo bien lo que dice, siento algo de pena por ella, pero gran ego por mí…ahora que lo pienso. Me lo dice todo muy rápido, muy ensayado, muy de memoria, rapidito para que suene sutil. ¿¡Pero cómo!?… Aunque ahora que entiendo, y estoy dispuesto, le refuto:

-¿Es esto lo que valgo para ti?-pero ella no me escucha.

-Ya no doy más.-pronuncia altanera-No vine aquí a darte explicaciones. No quiero que me hagas un favor. Piensa que es un cumplido. Me tiras a la rápida. Y te vas.-alza las cejas en su gesto típico y agrega - te estoy pagando.

-No entiendo que me estás diciendo-le digo con susto, aunque algo vehemente.

-Eso. Después tú te olvidas. Y yo también.

Me quedo en silencio. Y qué debería decir. En estos tres segundos, saboreo la sensación de victoria. Y de repente me siento un hombre-hombre, me imagino caminando por las veredas, con la pelvis para delante, muy pegado a todas, me balanceo en ese caminar adolescente arrogante y no me importa nada, porque me gustan. Algo así como una alegría viril de vencedor que me sube desde los pies a la cabeza y lo demuestro sin trancas. Ahhh! Quiero sonreír, casi se me escapa el ruido de mi ovación interna…Pero entre ella y yo hay una pared de orgullo, de soledades, de llanto y de pasado. Qué se cree, que ya no tengo valores, que por quince lucas cagonas me tiene comprado. Qué se cree, que quince lucas juleras me van a pagar el dolor de quedar otra vez con ese peso extraño de vacío, con esa adicción a ella, a ella, a ella y a nadie más. No.

-No, hoy día tengo cosas que hacer.

-No creo que sea un gran sacrificio. Por la cresta. Cómo puedes ser tan petulante. Qué quieres, que te lo pida por favor.-mira su reloj fingiendo estar apurada- No te pido amor. Ya no. Olvídate de todo y piensa que soy una prostituta. Hoy día a las ocho.

Estoy atascado en el tiempo, sin palabras, me traspasan sensaciones, caricias suyas, besos y retos, su cuerpo desnudo suave entre mis manos, suave como una niña, y su sonrisa traviesa y sus ojos rojos con risa tonta y esos 14 años antes cuando éramos los dos más inocentones, y 1 año atrás cuando nos hacíamos los amargados, y nos volvimos así y la separación, y las ganas de tirarme encima de ella y pedirle que me haga cariño en la espalda todas las noches, de nuevo. Pero no, ya lo he analizado demasiado. Qué se cree, que aparece el día que a ella se le antoja –cuando a “ella” le place que es el más adecuado-y me paga por que me la tire rápido y sin amor.

-Ándate a la mierda. Cómo puedes caer tan bajo.

Da un portazo malcriado y me quedo mirándola por la ventana, se va extraña, sórdida e insensible. Quita el pelo de su cuello pulcro, y arregla su trajecito tan decoroso, como si nada. Espero que en un intento de arrepentida, se de vuelta, como en escena de enamorados. Pero desaparece rápido, haciendo vibrar todo el piso con sus tacones. Por eso no me gustaba, creo…

No puedo dejar de pensar en lo que éramos…Me sigo llevando bien con su padre, es mi gran consejero.

-Señor Suárez, y? si! Qué ha sido de su vida?….aquí en el trabajo pues, bien, bien… ¿y usted?… mejor cuénteme hoy en la noche, lo invito a comer algo a mi casa…ningún problema lo paso a buscar a las ocho.

Y por mientras la tengo atragantada. Y sospecho que este viejo diablo sabe de qué quiero hablarle. Se sube al auto y me doy cuenta cuánto tiempo ha pasado. Está viejo, don. Está triste, Suárez. Sé que algo malo les ha pasado a los dos, porque tiene el mismo pesar en los ojos que su hija. Ese mirar abrumado que ellos nunca aparentaban. Pero no quiero preguntarle, porque lo mío me urge. Mientras, charlamos banalidades, que sí, que el trabajo va bien, que el gobierno se hace el leso con fiscalizar la empresa, sisisi y todo eso y que Francia salió campeón …y qué va, pura mierda! .Me mira en un semáforo con un gesto de lástima descarada. El señor al frente me tiene pena y me pone, sin tapujos, la mano en el hombro. Quiero, ahora si que si, decirle. Pero el frío congela mis palabras y ya estamos llegando. Doblo a la izquierda, como siempre, y la veo en la puerta. Está disfrazada para que yo me olvide. Ella viste ropas que no sabe vestir. Fuma ansiosa, aunque no sabe fumar. Su faldita transparente evidencia las piernas flacas de siempre. Cómo la necesito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario