
Quiero matar a
Quiero matarla y no es un simple antojo reaccionista sino más bien un objetivo casi camicace de satisfacción. No es un asunto de religión, ni que crea que yo sí tengo la fórmula para resolver el problema de la escasez con alguna ideología oxidada. No. Es que fue levantarme en un domingo infeliz, porque todo está mas caro, y más triste de paso, y prender la tele y atragantarme con su cara tiesa y sus palabras sin vergüenzas, sanguinarias, y su sonrisa macabra. Habló y el cereal se me fue a la nariz.
Esto es como una guerra dijo- refiriéndose a las discusiones pendejas entre la udi y erre-ene de las que yo por desgracia estoy enterada- la única forma de que no te ganen, es estar perfectamente armado, más que tu adversario. Te atacan cuando te ven débil.
Qué-es-eso. Quién me explica esa mentalidad en una señora rubia que en su vida le ha tomado el peso de lo que significa, y significó, para nosotros (el resto) el costo de las guerras que desde su escritorio planea con soldaditos de plástico. Eso somos el resto. Para ella. Una masa débil a la que atacar, sin la piedad que promete en la iglesia.
Qué consejos les dará a sus hijos esta mujer, si le podemos decir así. Qué cuentos les contó a sus hijos en sus cunas de oro. Seguramente los de un chile de antaño feliz cual utopía, gracias a un héroe que salvó el país. Es que ni todo el maquillaje, ni las dietas y pilings y liftings le disimulan su discurso del terror.
Nada, nada de eso, ni toda la plata del mundo te salvarán, Matthei, de tu muerte anunciada en mis manos.
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