lunes, 3 de noviembre de 2008

...a los botados


Suelo llano, rojizo. Se adivina duro. Tal vez arcilla o algo parecido. Una bota. Sola, sin su par. Abandonada. Sin pie que la calce. Algunos escombros esparcidos. De hecho, la bota parece un escombro más. ..( Subcomandante Marcos)

Qué les queda a todos los corazones embarrados y descoloridos que murieron combatiendo, que gritaron a garganta cruda palabras silenciadas.Qué queda para los hijos adoloridos, víctimas de las víctimas.A las generaciones quemadas por la radiación letal del odio y la traición. A todos los que nacieron exhaustos, sin ánimo de arriesgarse, a los que buscamos algún motivo, y nos quedamos esperando frente al televisor, acongojados por la pena, perdidos, solos en la multitud, olvidándonos, enfermos, exiliados a la mediocridad, obligados a rendir, somos los residuos de esta guerra, los esclavos silenciosos, somos escombros convencidos de lo contrario, somos la ciudad estática, melancolía revuelta de un pasado que, a mano alzada de muchos, podría haber sido. Qué le queda al mundo sin la pasión de antaño.

domingo, 19 de octubre de 2008

Tu tarde en mi boca


No quería encontrarme con nadie, ni menos dar explicaciones sobre mi estado. Supuse que yendo a deshora, escondida y contra el tránsito iba a pasar invisible. Santiago. Mil millones de habitantes desconocidos, desconcentrados, apurados. Si por aquel don de mala suerte, reconocía alguna cara, esperaba poder mentir sin letargo, por el bien de todos. Inventarme rápido una vida cualquiera, pedir prestado el relato “tipo”. Suponía que podía encontrar las palabras apropiadas para la mentira. Uno supone y vaya a saber quien dispone.

Increíble: chocaba cada dos pasos con caras de gente de antaño, contra mi hombro tieso, avergonzado. Con tantas coincidencias inoportunas, pensé que estaba muerta. Tiraron a mi pasarela lo que no quería encontrar. Reunieron con maldad a todas las personas a las que les debía un saludo, y peor aún, todas ellas me reconocían, tenían tiempo, me sonreían, querían hablar y preguntarme. Justo.

Y yo quería solo encontrar. Encontrar con la urgencia que aquel verbo permite. Como en busca de una receta impostergable, que todos entendieran mi prisa, la necesidad de encontrarte, encontrarlos. Alguna cremallera de los sueños, ilusiones con garantías, palabras in manoseables, baladas de besos, tu tarde en mi boca, tus besos en mis piernas, y otras cosas. Tengo que encontrarlas. Y no quiero explicarles mi condición.

No sirven las imitaciones. No puedo hallar los sueños esparcidos, ilusiones mancas, las palabras gastadas, melodías tristes, tardes con pulso y fin, tu beso pero a desgana. Ya no me sirve ni por consuelo.

No se por qué se me escapaba la verdad de la boca. No podía pensar en frases tangentes, o bonitas, o generales. Les expliqué a todos con lujo de detalle. Porque me sentía ridícula de inventar algo a estas alturas de mi vida. Ya no era una niña, ni una adolescente ruborizada por los idealismos, ni una adulta apurada. Soy una vieja coja a la que la vida le había pasado por el lado, y hasta el fondo, sin avisarle. Iba con razones reales. Y gracias por preguntarlo, porque no, no estaba bien. Yo no me sentía bien. Sentía el fracaso de mi vida en una pierna, en la otra guardaba las ganas, y sobretodo en las varices reunía los gritos de haber esperado una suerte distinta. Me mordía la lengua por la prudencia con que decidí, o no decidí tantas cosas. Por no haberme quedado estirada contigo en el patio, esa tarde. Me dijiste -así me gusta estar, esperando que las horas se vayan, sintiendo que el tiempo no pasa- , y me hacías cariño en la cara. Y yo miré el reloj, pensé en lo que no estaba haciendo por estar ahí. Y con el libro de Benedetti en mano, quise leerte algunos poemas. Y me dio vergüenza. Me dijiste que no los entendías. Pero que nos quedáramos ahí, quietos. Y ahora voy en contra de todos para encontrar esa tarde. No sé cuanto tiempo pasó. Pero me quedé con más ganas de esa tarde. Pasaron otras, cortas con tiempo, nunca más contigo y tus ganas de destiempo. No fue cualquiera. Fue la de tu tarde en mi boca. Tus manos simples en mis piernas. Nos casamos, fueron 2 hijos, murió el mas pequeño, tu voz desapareció, tus tardes nunca mas fueron mías, ni tus manos, ni tus pensamientos a-horarios. Nunca más me confesaste un sueño conmigo, ni me tocaste la cara de esa forma. Viví haciendo cosas que no quería. Ilocutiva. Pidiéndote mil cosas excepto una tarde.

Camino, hablo, explico. Asusto a toda esta gente con mi verdad, con mi paso lisiado, con mi aliento a fracaso. Y no sé si alguien me entiende. No sé si el ir en contra de todos, me puede devolver el tiempo, los instantes. Qué palabra más bella. Si es que algo tiene sentido son los momentos sencillos. Si es que a algo le dedicaría mi vida es a todo lo banal, lo barato, lo sincero. No sería la mujer importarte que anuncian los títulos de la pared. Pero estaría sentada mirando la tarde. Tranquila. Supongo que estaría así, la verdad.

Pero tengo la certeza de poder convencerte aún. A este esposo. Este ser desconocido que duerme a mi lado. Olvidado y olvidadizo. Moreno todavía. Este cuarto cerrado. Atractivo todavía. Te amo y no lo sospechas. Te amo y me cargan esas dos palabras. Te amo, revolución, capitalismo, autogestión, popular, pueblo, pareja, compañero, sueño, esperanza, por no nombrar otras, son palabras out de mi vocabulario. Aunque las sientas, al nombrarlas pierden sentido. Pero te miro y eres con quien quiero estar estirada al sol. Con quien quiero fusionarme desde los vientres desnudos y las manos cruzadas, hasta deshacer el tiempo, y percibirnos juntos.

Quien sabe si deliro, y estas personas me creen loca. No me gusta el tiempo imperioso del mundo. Ni el olor amenazante de la muerte. No me quiero lamentar. Quiero que me entiendas. Que me ames. Que nos desnudemos, para quedar vulnerables otra vez.

Cuánto tiempo necesitamos que pase para darnos cuenta que fuimos realmente felices. Porque fui feliz ahora que lo pienso.

sábado, 18 de octubre de 2008

Sobre remojar el cochayuyo


Tu marido está celoso. Por eso nos acusa de pervertidas, inmorales y transgresoras de libertad. Dime, dime cómo llegó a enterarse de lo que hacemos. O mejor respóndetelo tú. Y, de paso cómetelo tú (que le hace falta). Nos palabreó la otra noche, y no vengas a defenderlo a mi puerta, porque no lo conoces. No llores, delante de mío. Pasa. Tranquila. Te guste o no, hacemos el trabajo sucio, que algunas no quieren hacer. La demanda es alta, y no necesitas más capital que tú misma. No involucras tanto. No se trata de eso. Si, te dije que no lo conoces, pero tal vez tampoco sea tu culpa. No llores, toma papel. Vota esas firmas que llevas en la carpeta, y vente a vivir acá, si estás tan complicada. Los vecinos qué importan ahora. Ni con todas las pancartas nos iban a echar de la casa.

Esta comuna no es sólo para personas decentes. También para las vulgares, a nosotras nos alcanza con meternos en la noche, construir algunos sueños mal hechos a cosa de los nuestros. Vente y vota las firmas. Déjalas nulas. Anula. Aquí te enseñamos ah, ¿Sobre qué?

¿Qué se cree?


Ella me paga quince mil pesos. No nos mirábamos de hace seis meses y hoy se aparece en mi oficina y deja un sobre delgadito sobre el escritorio. Con poca plata. Es verdad, eso es lo que más me molesta. No entiendo bien lo que dice, siento algo de pena por ella, pero gran ego por mí…ahora que lo pienso. Me lo dice todo muy rápido, muy ensayado, muy de memoria, rapidito para que suene sutil. ¿¡Pero cómo!?… Aunque ahora que entiendo, y estoy dispuesto, le refuto:

-¿Es esto lo que valgo para ti?-pero ella no me escucha.

-Ya no doy más.-pronuncia altanera-No vine aquí a darte explicaciones. No quiero que me hagas un favor. Piensa que es un cumplido. Me tiras a la rápida. Y te vas.-alza las cejas en su gesto típico y agrega - te estoy pagando.

-No entiendo que me estás diciendo-le digo con susto, aunque algo vehemente.

-Eso. Después tú te olvidas. Y yo también.

Me quedo en silencio. Y qué debería decir. En estos tres segundos, saboreo la sensación de victoria. Y de repente me siento un hombre-hombre, me imagino caminando por las veredas, con la pelvis para delante, muy pegado a todas, me balanceo en ese caminar adolescente arrogante y no me importa nada, porque me gustan. Algo así como una alegría viril de vencedor que me sube desde los pies a la cabeza y lo demuestro sin trancas. Ahhh! Quiero sonreír, casi se me escapa el ruido de mi ovación interna…Pero entre ella y yo hay una pared de orgullo, de soledades, de llanto y de pasado. Qué se cree, que ya no tengo valores, que por quince lucas cagonas me tiene comprado. Qué se cree, que quince lucas juleras me van a pagar el dolor de quedar otra vez con ese peso extraño de vacío, con esa adicción a ella, a ella, a ella y a nadie más. No.

-No, hoy día tengo cosas que hacer.

-No creo que sea un gran sacrificio. Por la cresta. Cómo puedes ser tan petulante. Qué quieres, que te lo pida por favor.-mira su reloj fingiendo estar apurada- No te pido amor. Ya no. Olvídate de todo y piensa que soy una prostituta. Hoy día a las ocho.

Estoy atascado en el tiempo, sin palabras, me traspasan sensaciones, caricias suyas, besos y retos, su cuerpo desnudo suave entre mis manos, suave como una niña, y su sonrisa traviesa y sus ojos rojos con risa tonta y esos 14 años antes cuando éramos los dos más inocentones, y 1 año atrás cuando nos hacíamos los amargados, y nos volvimos así y la separación, y las ganas de tirarme encima de ella y pedirle que me haga cariño en la espalda todas las noches, de nuevo. Pero no, ya lo he analizado demasiado. Qué se cree, que aparece el día que a ella se le antoja –cuando a “ella” le place que es el más adecuado-y me paga por que me la tire rápido y sin amor.

-Ándate a la mierda. Cómo puedes caer tan bajo.

Da un portazo malcriado y me quedo mirándola por la ventana, se va extraña, sórdida e insensible. Quita el pelo de su cuello pulcro, y arregla su trajecito tan decoroso, como si nada. Espero que en un intento de arrepentida, se de vuelta, como en escena de enamorados. Pero desaparece rápido, haciendo vibrar todo el piso con sus tacones. Por eso no me gustaba, creo…

No puedo dejar de pensar en lo que éramos…Me sigo llevando bien con su padre, es mi gran consejero.

-Señor Suárez, y? si! Qué ha sido de su vida?….aquí en el trabajo pues, bien, bien… ¿y usted?… mejor cuénteme hoy en la noche, lo invito a comer algo a mi casa…ningún problema lo paso a buscar a las ocho.

Y por mientras la tengo atragantada. Y sospecho que este viejo diablo sabe de qué quiero hablarle. Se sube al auto y me doy cuenta cuánto tiempo ha pasado. Está viejo, don. Está triste, Suárez. Sé que algo malo les ha pasado a los dos, porque tiene el mismo pesar en los ojos que su hija. Ese mirar abrumado que ellos nunca aparentaban. Pero no quiero preguntarle, porque lo mío me urge. Mientras, charlamos banalidades, que sí, que el trabajo va bien, que el gobierno se hace el leso con fiscalizar la empresa, sisisi y todo eso y que Francia salió campeón …y qué va, pura mierda! .Me mira en un semáforo con un gesto de lástima descarada. El señor al frente me tiene pena y me pone, sin tapujos, la mano en el hombro. Quiero, ahora si que si, decirle. Pero el frío congela mis palabras y ya estamos llegando. Doblo a la izquierda, como siempre, y la veo en la puerta. Está disfrazada para que yo me olvide. Ella viste ropas que no sabe vestir. Fuma ansiosa, aunque no sabe fumar. Su faldita transparente evidencia las piernas flacas de siempre. Cómo la necesito.

domingo, 12 de octubre de 2008

La elegida pero no electa


Quiero matar a la Evelyn Matthei. Como una punki resentida,-dirán- o como una upelienta de los setenta, pero también como una marginada, y expatriada de este país armado que nos venden como un paquete feliz, por la módica suma de hacer una raya vertical sobre el papel. Y si, y todo ese rollo del vote nulo, y de la desilusión de no saber qué hacer con el poder de ciudadano que se resume a ocupar el cero coma cero cero un por ciento de la tinta de un lápiz barato para cada montaje de elección. Es por todo eso, y por el todo más grande que se refleja en las calles, en las manos vencidas de nuestros padres y abuelos, la frase del votar por el menos peor, y las calles rotas, lánguidas sin ganas de pensar. Y para qué. Y las paredes tapizadas con concejales sonrientes. No es por todo eso. Y si. Es que, es ella la elegida entre todos, sobretodo por lo que dijo.

Quiero matarla y no es un simple antojo reaccionista sino más bien un objetivo casi camicace de satisfacción. No es un asunto de religión, ni que crea que yo sí tengo la fórmula para resolver el problema de la escasez con alguna ideología oxidada. No. Es que fue levantarme en un domingo infeliz, porque todo está mas caro, y más triste de paso, y prender la tele y atragantarme con su cara tiesa y sus palabras sin vergüenzas, sanguinarias, y su sonrisa macabra. Habló y el cereal se me fue a la nariz.

Esto es como una guerra dijo- refiriéndose a las discusiones pendejas entre la udi y erre-ene de las que yo por desgracia estoy enterada- la única forma de que no te ganen, es estar perfectamente armado, más que tu adversario. Te atacan cuando te ven débil.

Qué-es-eso. Quién me explica esa mentalidad en una señora rubia que en su vida le ha tomado el peso de lo que significa, y significó, para nosotros (el resto) el costo de las guerras que desde su escritorio planea con soldaditos de plástico. Eso somos el resto. Para ella. Una masa débil a la que atacar, sin la piedad que promete en la iglesia.

Qué consejos les dará a sus hijos esta mujer, si le podemos decir así. Qué cuentos les contó a sus hijos en sus cunas de oro. Seguramente los de un chile de antaño feliz cual utopía, gracias a un héroe que salvó el país. Es que ni todo el maquillaje, ni las dietas y pilings y liftings le disimulan su discurso del terror.

Nada, nada de eso, ni toda la plata del mundo te salvarán, Matthei, de tu muerte anunciada en mis manos.

viernes, 10 de octubre de 2008

En la bolsa


Ahora la escuchas a ella. Ahora te debes callar un momento para inhalar, tomar un respiro para tantas auto alabanzas. Ahora por fin ella, de labios partidos como grietas, calmada piensa por donde rasgar la bolsa de palabras, de sensaciones, de alcances reprimidos, silenciados, apagados. Si tiene cosas que decirte, pero no sabe por dónde empezar. Tiene gritos mordidos en la lengua, cuando le pegaste un tirón de pelo, cuando le tiraste la cabeza contra el vidrio después de la fiesta de año nuevo que tenia que ser un poco más feliz que la navidad anterior y anterior cuando le dijiste mirándola a los ojos que te ibas a otro país, sin ella. Y después fracasaste y ella te abrazó, te retuvo, te contuvo desnuda, te sostuvo entre sus brazos, los mismos que golpeaste para su cumpleaños cuando miraste que sus años eran más de los que tu podías abarcar.

Cagüines nomás.



“¿Qué le habrán hecho mis manos?
¿Qué le habrán hecho?.”-
Homero Expósito

La decepción lleva al desvarío, dijiste. Y te acercaste a él rápido, lo atravesaste con tus ojos y desapareciste. Después salió en el diario que te habías matado. Un suicidio masoquista, decía. Que te habías quemado viva, y antes, te habías sacado uña por uña.

El nunca más habló. Hizo sus propias investigaciones, dicen. Averiguó con los tujas del puerto si alguien tenía sangre en el ojo contigo. Pero nadie, si tu apenas existías, y si lo hacías era en el mar, confundiéndote con las olas, te decían la sirenita del cerro Barón. La policía sospechaba de él, dicen. Por eso estaba tan callado, se hacía el mudo, para que no le preguntaran. Pero es hijo de paco, no le habrían hecho nada. Eso si, las mentiras tienen patas cortas, y se supo la verdad hace tiempo ya.

Bajaron ese día como a las doce, habían estado toda la tarde abrazados, abatidos, viendo como la relación se reventaba, se confundía y se perdía igual que la lluvia contra las masas de agua salada, sujetando las lágrimas del mundo. Hacia frío. Y ellos se disipaban de a poco, con la vista fija al vidrio empapado. Y la soledad con el invierno, parecían conjugar un tiempo infernal. Tenían la radio prendida, estaban solos en ese piso, suspirando desesperanzas, esparcidos en el sillón, interrumpidos a segundos, por el eco perturbador del reloj. Solos y juntos, ya no querían hacer nada. Ella no lo iba a permitir de nuevo. Mientras las ondas dispersas atravesaban el tiempo, se asomó esa canción del aparato como una mermelada, la oportunidad para aliviar.

-Era más blanda que el agua,
que el agua blanda-
Pero él no la escuchó. Ella lo miró con una expresión tibia,- era más fresca que el río…- de vuelta a la inocencia que él no percibió: no estaba con ella, no estaba ahí, ni en ninguna parte. Entonces como una niña, se levantó a pasitos sonrientes, puso la música al máximo.- Y en esa calle de estío,
calle perdida…-
En seco, él la increpó: estaba el bebé durmiendo.

-¿¡Como puedes ser tan inconciente!?- Y su voz salió más tosca de lo que él hubiera deseado.

Ella se fue; salió corriendo. El la siguió, no entendía nada. Y la sostuvo firme del brazo, la resistió y le pegó. Le rompió el labio de un manotazo, que intentó disimular luego, a parches de besos cojos. Ella se quedó inmóvil, en otro lugar, vacía. Recordando, algo. Atenta al sexto sentido de alarma. Siempre llevaba al bebé a todas partes. Y lo había dejado cerca de la cocina, con la tetera hirviendo. Ella gritó, quería salir corriendo, volar hasta su hijo. Pero él la contuvo. Intentó zafarse de sus brazos que no entendían la urgencia, que la retenían, la ahogaban.

Y mientras tanto, me quemaba la cara con el vapor hirviendo. Llegaron tarde. Dicen que yo me parecía a mi madre, pero en el hospital, entre puntos, cremas y agua helada congelaron mis gestos y juntaron toda mi expresión en un mazacote.

Ella desapareció al verme, de tanto dolor. Pensó que me iba a morir. Y sacó el pasaje por adelantado. Él no se acuerda de ella. Eso me ha dicho las pocas veces que habla. Ni de su cara tampoco, por que yo no puedo recordársela. Me dice que así es mejor. Que sin recordatorios se olvida de frentón. Me lo dijo eso si, curado en el bar más antiguo de aquí, con un tango lánguido de fondo. Naranjo de flor, creo que dijo, es que yo también estaba pasaíto, y casi se me caía el pañuelo que me tapa la cara. Nos fuimos tarde, casi en la madrugada.

Por las noches él tiene pesadillas y lloriquea en la pared de al lado. Parece que él nunca quiso retenerla, ni decepcionarla.

Pero te fuiste, y se debe aprender a enmendar la vida a facciones toscas, como las mías.

De eso me cuentan los vecinos, es que acá en Valparaíso siempre se sabe todo todo, dicen que la brisa marina sopla los cagüines.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Un belmont suelto, porfavor.




No señor, no es por vicio.

Fumar en soledad busca reprimir las lágrimas. Ahumar la rabia. Hacerla ceniza. Es encontrar, entre la nebulosa cancerígena, alguna que otra respuesta.

Sola, sola, sólo con el pedazo de muerte entre los dedos. Muerte que sirve para elegir entre la inercia cotidiana y la vida simple, vivida.

Un cigarro. Un cigarro rotundo, febril, y capitalista. Es inhalar la crueldad que es propia de la vida, para querer cambiarla.

Es comparable a una ventana. A una vía de escape. Usted ve el cigarro, lo compra,-peca y paga-, lo saca, aparece en sus manos como una oportunidad de asomarse a la realidad. Encenderlo es sacar el pestillo. Usted la abre en el instante que hace lo amargo entrar por su esófago, es quemarse la garganta para callar las palabras innecesarias cuando ya no sirve hablar.

Es inspirar nicotina entre tanta mierda, como un cedazo, un puente, una ilusión, una droga, un olvido.

Un vicio social, no señor. Es una inyección de veneno, adormecerse a dosis individual. Tuya, propia. Ése es un cigarro bien fumado.

Apedréeme usted sino ha sentido ganas de putear el mundo, de abandonarlo todo, de quemar su existencia y de abandonar la mierda.

No me culpe a mí de contaminación a la naturaleza, si por naturaleza somos desquiciados. Mire que un avión rompe la capa de ozono en un sólo viaje, más que todos los cigarros que la sociedad entera expira al cielo.

No me culpe usted, de querer rasguñar mis pulmones, es que prefiero pellizcarme las entrañas antes que andar por la calle a empujones irritables con la vida.

Me gusta el cigarro febril. La oportunidad de ver por la ventana. De cuestionarse el tiempo de este mundo que atenta con mi vida, más que eso de la salud. Después de todo para que queremos vivir tan light , si la vida se es.fuma en un segundo.

Y a cada segundo que inhalo me acorto el sufrimiento, e inspiro algunas razones coherentes y amargas.

...de piernas largas


Vivo una nostalgia tan argumentada,

Que en mis cajones prohibidos,

Parcho tu imagen a disculpas grotescas,

Y aquellas promesas eternas

Enfrasco, taciturna,

en tarritos cuantificables-

De apenas una medida-

Que oculto en el fondo

de las aristas de amnesia

para sosegar mi expresión encogida

En este otoño de piernas largas

Que amenaza de pronto

estallar desde la ventana

a plagar mi pieza de hojas

matizadas de tu ausencia.

Así es la cu’stión-me dicen

Y acabo por convencerme que

la vida es así,

la vida es ahora,

la vida urge,

y la razón

no importa,

Y me levanto,

como perra coja

A medias con el mundo,

A voz apagada,

a risas deshechas,

y me prometo,

de nuevo, enterrarte,

Como hembra porfiada

A tropezones con los recuerdos,

Las canciones, los olores de

un nosotros tan irónico.

Y choco con la pared

De este machote tan renovado

en la ventana, pierna arriba

Desconociéndome

Me avergüenzo de este bosquejo

Que teñimos apenas entre ellos,


Simulando,

Haciéndonos los desconocidos,

Extraños extraños se extrañan

Se extrañan, solos

Extraños, ahora

Simulan simular olvido

para que sea evidente

Para que no se derrita

el orgullo

De la hazaña

De parecer dos

imperfectos desconocidos

Que añoran el momento aquel

Donde una cachetada de memoria

Haga remecer, sacudir,

Olvidar,

La decisión tormentosa,

Inaugurada hace cuatro soles,

En esa tarde calurosa de febrero

En que me prometí, no esperarte

Mientras el sol bajaba,

busqué razones para no necesitar,

y encontré miedos disfónicos,

y tu llanto otra vez entre mis piernas

Murmurándome mil excusas,

a golpe de besos,

a desgarradas caricias,

que el calor guardó en su memoria,

mientras desahuciábamos nuestro amor

y acabamos con nosotros

en este mismo rincón,

que visito cada noche,

cuando la suavidad de las sábanas

se resbala a mis sueños,

y las sombras a contraluz,

atraviesan mi respiración a llamaradas

y te mezclas tu,

son tus manos exaltadas

entibiando mi delirio,

mis tetas ariscas, frías

la ráfaga de viento

de la ventana abierta

me obliga despertar

y un día de estos quiero explotar,

decorar la escena perfecta,

enmarcada en rojo

con pistas de mi cuerpo infantil,

retratando al hombre que no llega,

y que no sabe como mandar,

en un barco gigante,

un elefante aturdido,

para escaparnos de nuevo

y romper la tregua

de un solo estampido sentimental

para escapar

y alejarnos,

de los días cortos,

y amarillentos,

e improvisar una razón

para mentirnos de nuevo

y caminar trizando las hojas a risotadas,

e inventarnos-

dos monstruos amargos-

un dulce otoño a espasmos de besos.

2004*

viernes, 15 de agosto de 2008

de nicks impersonales



Porque no tenemos nada que hablar después de un beso, o dos. Tal vez porque no tuvieron motivo, o quien sabe, no te diste cuenta de la diferencia entre mis labios y la distancia. Porque no esperabas nada. Y porque mi boca mojada se sintió tan ridícula de quererte, de morderte, de asfixiarte en una bocanada. De querer tenerte, a ti, o a ese tu de aquellos días. O peor aun, tal vez nos besamos de aburridos, o peor peor, porque me adivinaste necesitada, y en un acto de mera caridad, sacrificaste tu saliva. Y porque ningún porqué va a sanarme la herida del silencio, de las no respuestas ni preguntas ni llantos ni gritos ni peleas.
Nunca dejamos platos quebrados, sangre en la alfombra, un grito tortuoso entre la multitud, el dolor de la puñalada, un escándalo apasionado, una carta desconsolada, yo corriendo desangrada y tu desesperado a mi encuentro. Nunca explotó la bomba de nuestros alientos, las palabras descalificadoras, algún no te amo, algún falso nunca más.
Solo el silencio fome, filoso, enfermo. El silencio y esos besos sin sentido, de cuando hicimos una pausa y juntamos las dos puntas de la hoja que nos une.
No quiero que mis nicks reflejen el vacío de no tenerte, no quiero que las ventanas que anuncien mi conexión, nos conecten, porque ambos somos un cable roto, una manija vencida, un mal intento de placer, un pasado inmediato. Acaso un par de artículos indefinidos, que no necesitan explicaciones para despedirse sin palabras.